domingo, 5 de octubre de 2014

¿Conocen el pueblo más saludable del mundo? Podemos aprender mucho de ellos

Por Yohel Amat

Para conocer a esta población, habrá que voltear a ver hasta la frontera que comparten Pakistán y la India, específicamente a un pueblo pakistaní llamado Hunza.

¿Qué tienen de especial sus habitantes?

Pues que allí es de lo más común alcanzar hasta 120 años de edad y con una lozanía que les hace parecer hasta 20 años menores que su verdadera edad.

Se han hecho varios estudios al respecto, para saber cual es el secreto de este pueblo, localizado entre montañas nevadas, de piel blanca y con estilo europeo.



Veamos algunas de sus costumbres que llaman mucho la atención:


  • Se bañan con agua helada, de a veces 15 grados bajo cero.
  • Tienen un estilo de vida muy activo
  • Su dieta se basa en lo que haya disponible según la temporada. En verano predomina la alimentación vegetariana, lo cual incluye mucha fruta y verduras crudas
  • No cocinan para ahorrar gas para el invierno.
  • Cocinan sus verduras al vapor.
  • Solo comen 50g de proteínas al día.
  • El agua que toman es alcalina y proviene de los glaciares.
  • En total consumen aproximadamente 1900 calorías diarias.
Es importante anotar que casi nunca comen carne, ya que no acostumbran a matar sus vacas, porque para ellos es más importante la leche que producen, tomando en cuenta que el ganado escasea.

Por increíble que parezca, las mujeres de Hunza son fértiles aún a los 60 años, con capacidad hasta de dar a luz. Los varones son activos sexualmente aún después de los 70 años y no es extraño que trabajen hasta los 100 años.

¿Qué lecciones podemos aprender de todo esto? Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Artículo original.

domingo, 23 de febrero de 2014

A mí nadie me deja





Sentía frío, mucho frío.

Quizás se debía a la brisa que baja por la colina hacia dónde estamos todos mirando en una misma dirección. El sol se está ocultando detrás de esa misma colina, acrecentando la ya de por sí natural gelidez de los cementerios.

Mamá me tiene agarrado de la mano y llora quedamente mientras el padre recita sus letanías hacia el ataúd que se encuentra al borde del foso donde reposará por la eternidad.

O al menos eso es lo que me han enseñado en la escuela y en la iglesia. La verdad nunca lo he entendido muy bien. Sólo sé que todos lloran o se ven con cara de tristeza, contradiciendo el que estemos ante el preámbulo del Cielo, lo cual debería ser motivo de celebración.

A mis 13 años mi madre aún me trata como un niño y ello a veces me molesta, pero en momentos como este no digo nada porque sé que está sufriendo.

No sé que pensar de la muerte del entrenador Schmit y más aún por la forma como murió: tres tiros a la cabeza en la puerta de su casa como a las 8 de la que noche.

Según vi en las noticias, el entrenador estaba tranquilamente viendo televisión con su esposa – la señora Maggie, muy buena persona que siempre nos llevaba un pastel los sábados al campo de juego para que lo devoráramos luego del partido – cuando alguien tocó a la puerta.

El entrenador se levantó para ver quién era y al abrir la puerta recibió los tres tiros – no sé porqué cuando recuerdo esta parte no puedo evitar relacionarlo con mis juegos de vídeo favoritos – para caer de espaldas en el pasillo que llevaba hacia la cocina.
La señora Maggie tardó en reaccionar – aterrorizada por el estrépito de los disparos – de manera que cuando llegó corriendo y gritando ya era demasiado tarde: el asesino había desaparecido en la oscuridad de la noche.

La policía siempre se preguntó como hizo para desaparecer tan rápido, ya que los vecinos salieron inmediatamente y ninguno recordaba haber visto ningún auto pasando por la única calle de la barriada a esa hora.

El asesino simplemente desapareció, mientras vecinos y hasta niños se agrupaban a las afueras de la casa del entrenador para satisfacer el morbo y para inyectarse de esa adrenalina que les negaba sus plácidas vidas.
Yo también estuve allí curioseando y hasta pude ver de lejos al entrenador, tirado en el suelo en medio de un charco de sangre.
Nunca había visto tanta en mi vida.

La verdad nuestro pueblo era muy aburrido. Mi hermano no bien había cumplido los 18 años cuando inmediatamente hizo las maletas y se fue hacia la gran ciudad, 500 kilómetros al este, para trabajar y estudiar.
Al menos eso fue lo que nos dijo a todos en casa. Sin embargo, al momento de partir, todos quedamos con el acre sabor del convencimiento de que nos había mentido. De que todo lo que en realidad quería era huir.

Por eso, el béisbol era una pasión para todos en el pueblo, adultos y niños. Era muy raro que en  una población de 3 mil habitantes todos no hubiesen compartido el amor por lo único que nos daba emoción y aventura.

El que el sacerdote se hubiese callado y el ruido que causó el súbito cierre de su Biblia, me trajo a la realidad: estábamos todos en el entierro de un ser que muchos amábamos.

Pareciera ayer que estuviera llegando al campo de juego del pueblo a inscribirme en la liga infantil de béisbol, donde el entrenador Schmit era el mandamás y el “hacelo todo”.

Siempre se le admiró el cariño que le demostraba a los niños – siempre se negó a trabajar con equipos de jugadores mayores de 13 años o con niñas – y su pasión por su bienestar. Muchos aplaudían que su amor por ellos fuera más allá del campo de juego, ya que muchas veces llevaba a los que dejaban olvidados - al finalizar la práctica - hasta las puertas de su casa.

Tengo que aceptar que le guardaba mucho cariño y que lamenté profundamente su muerte. Inclusive, en estos momentos estoy metiendo la mano en la cartera de mamá para sacar el pañuelo que con previsión llevaba con ella, para secarme las lágrimas.

Mientras el ataúd baja, recuerdo que después del asesinato nada fue igual: las personas ahora se  niegan a salir de noche; ahora nadie deja las puertas abiertas; todos desconfían de todos y la policía local ha quedado con imagen de ineptos y torpes, ya que no han podido descifrar el enigma ni recoger la más mínima pista.

Por más que investigaron – inclusive, la señora Maggie fue la principal sospechosa al inicio – dentro de sus amistades, familiares y conocidos, no pudieron encontrar a una sola persona que diera una luz para aclarar el caso.

Hasta nos interrogaron a todos los que Schmit estaba entrenando antes de su muerte, pero pocos hablamos, ya que la mayoría estaban traumados y en shock, lo que probaba hasta dónde se había metido el entrenador dentro de los niños, pensó la policía.

El sonido de las palas al momento de comenzar los voluntarios a echar tierra dentro del hoyo, sonó frío y lúgubre, como recordatorio de que estábamos en el reino de los muertos y que – como dice el pastor en la televisión - “polvo somos y en polvo nos convertiremos”.

Ya estaba comenzando la gente a desfilar delante de la tumba, para cumplir con ese extraño ritual de coger un puñado de tierra y de tirarlo sobre el ataúd, algo que a mis 13 años todavía no comprendo.

A estas alturas, ya casi todos en el pueblo nos habíamos convencido de que nunca se encontraría al asesino y ello era peor que la muerte para la familia del entrenador ya que no podían soportar el hecho de saber que convivían con su asesino en un pueblo tan pequeño.
Pensar que lo tenían al lado sentado en la iglesia les quitaba el sueño, le escuché decir a la señora Maggie a mi madre una vez que nos encontramos en la farmacia.

Finalmente todo había terminado y las personas estaban poco a poco despidiéndose del entrenador y partiendo del cementerio, con el alivio reflejado en sus rostros de no ser ellos los que estaban a seis pies bajo tierra.

Mamá se quedó un rato más hasta que los familiares del entrenador se retiraron y hasta que solo quedó un solitario trabajador del cementerio, limpiando y recogiendo materiales y herramientas.

Cuando finalmente comenzamos a irnos, no pude evitar voltear a ver hacia la tumba y pensar  que estaba abandonando al entrenador para siempre.

En cambio a mí NADIE me deja ni me abandona. NADIE.

Autor: Yohel Amat

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Reseña de libros: 'El general en su laberinto'







Por: Yohel Amat

Apreciación: 5/5


Esta novela es especial para mi y uno de los pocos libros que he vuelto a leer en varias ocasiones.

¿Por qué?

Porque en cada nueva lectura descubro un matiz que había dejado por fuera; un vocablo que pasé por alto; una pequeña tragedia que quizás obvié por pena ante el protagonista de este libro: El Libertador Simón Bolívar.

Siempre he culpado a nuestro sistema educativo por hacer de la Historia - con mayúscula - algo aburrido, estéril y prescindible, dada la forma insulsa e imperdonable en la que nos la enseñan en el colegio y escuela.

El objetivo es claro: que la repudiemos para que cometamos los mismos errores, mientras los poderes de siempre se aprovechan de ellos.

La historia y sus personajes son para narrarlos así: descarnados, humanos, vulnerables, brillantes, trágicos...amados y odiados.

Y en ello nadie como Gabriel García Márquez para llevarnos de la mano a ese realismo mágico que sólo se da en nuestros países de latinoamérica.

No se dejen engañar por la prosa y por su tono: este es un libro rigurosamente investigado, con la idea de que documentase de la mejor manera posible el viaje final hacia la muerte del general Simón Bolivar, con el lastre de la gloria perdida, de la enfermedad y del fardo más pesado de todos: sus sueños rotos.

Podemos asistir a este frenesí tropical de anécdotas, amores, traiciones, guerras, calores agónicos, enfermedad y muerte como espectadores de primera fila.
Para ello el autor no se circunscribe a narrar los hechos que se dan en la marcha, sino que recurre a los famosos 'flashbacks' para por medio de ellos narrarnos eventos pasados que marcaron la vida del Libertador.

Es tan magistral lo logrado por Gabo, que al terminar la lectura de este libro, no concibo a alguien que no quisiera abrazar a ese fardo de pellejo y huesos - que es en lo que termina convertido el General - que fallece en 1830 en la quinta de San Pedro Alejandrino, casi a solas y abandonado del mundo.

Es tal la humanidad que logra transmitir Gabo a su personaje, que por momentos hace palidecer toda la gloria que el General alcanzó en sus múltiples batallas y esa lucha constante que libró hasta su último aliento por lograr su sueño de una América unida desde México hasta el Cabo de Hornos.

Era tal su visión del futuro qué muchas de las 'profecías' que dijo - en realidad eran destellos fugaces de una mente privilegiada que sabía analizar y ver con luces largas -, hoy las vemos cumplidas: guerras civiles interminables, desunión entre países hermanos, pobreza, deuda externa, atraso, explotación por potencias extranjeras, subdesarrollo.

Impresiona como nadie más - ni siquiera nosotros - pudo ver lo que se nos venía encima.

Sólo por eso - sin tomar en cuenta nada más de su brillante vida - ha merecido ser investido de inmortalidad.

Parece mentira, pero aún hoy - en pleno siglo XXI - y con toda la tecnología habida y por haber a nuestra disposición - su nombre resuena y son pocos los latinoamericanos que pudiesen pecar de un grado tan alto de ignorancia como para desconocer su nombre y legado.

Finalmente, solo me queda por decir que si hay un motivo por el cual recomiendo este libro es por su humanidad y por el retrato que hace de un momento y lugar en nuestra historia, tan propia y nuestra, para bien o para mal.

Así fuimos y así somos.

viernes, 8 de noviembre de 2013

La Cita









Por: Yohel Amat


CAPITULO 1


El bus lo dejó en el parque de Penonomé en pleno mediodía.

Al mirar como se iba alejando por la calle, dejando tras de sí una estela de humo, se sintió con el mismo desamparo que sentiría un aventurero si su barco lo hubiera abandonado en el Polo Norte y sin fecha de retorno definida.

Sin embargo el calor le golpeó en la cara y le recordó donde estaba y cual era su objetivo.

Sonrió. Recordó.

Recordó cuando era solo un muchacho y corría por las mismas calles en las que ahora circulaban todo tipo de vehículos, como arrogante muestra de que el progreso campeaba en su tierra natal.

Por todos lados había vendedores de los famosos dulces de la región: manjar blanco; cocadas; suspiros; etc. en sus clásicas bandejas blancas cubiertas de plástico, tan típicamente panameño

No quería caer en la fácil trampa de pensar que “tiempos pasados fueron mejores”, sin embargo no podía sacar de su cabeza que los actuales no eran los mejores de su vida precisamente

- “Definitivamente que no…”, caviló mientras caminaba con paso ágil, casi demasiado para alguien de 69 años y que estaba pronto a morir.

Cuando solo era un ‘pelao’ de quince años lo único que anhelaba era llegar a los dieciocho para poder sacar su cédula y convertirse por arte de birlibirloque en un adulto con todas las de la ley.

- “Definitivamente que uno es aguebao”, pensó para sí.

Su vestimenta no podía ser más sencilla: una camisa manga corta a cuadros con tonalidades azules. Estaba cerrada, a pesar del calor, hasta el penúltimo botón. Su pantalón era color crema, ceñido por una correa de riguroso color negro.

Sobre su cabeza llevaba un sombrero de ala ancha, color gris oscuro. Gafas oscuras ocultaban sus ojos y los protegían contra los inclementes rayos del astro rey.

Por calzado llevaba dos zapatillas un tanto anticuadas pero adecuadas para recorrer el camino que tenía por delante.

Su pecho lo atravesaba la correa de una mochilita que colgaba hacia su costado derecho. Estaba herméticamente cerrada.

Siguió caminando hasta la siguiente parada de buses donde podría dirigirse a su destino final y donde podría realizar la tarea más importante de su vida.

Tenía todo el tiempo del mundo.

Por primera vez en su vida era libre de ataduras sentimentales, laborales y sociales. Era él mismo por primera vez en muchos años.

Mientras esperaba el bus observó en derredor y por lo visto mucho del entorno de su niñez se mantenía, ya que unas cuantas lágrimas se asomaron en sus cansados ojos, trasluciendo la nostalgia que lo embargaba en ese momento.

- “De verdad que te estás volviendo pendejo, José”, sentenció para sí mismo.

Una vez recuperado se sintió de nuevo exultante y listo para continuar con la importante tarea que tenía por delante. Para ello siguió caminando rumbo a la siguiente parada.

A punto estuvo de ser arrollado por un vehículo al cruzar la calle sin fijarse.

Tan ensimismado iba pensando en todos los acontecimientos recientes que no se dio cuenta que un carro venía por la vía.

Lo que lo sacó de su trance fue el sonido atronador del pito del carro. El corazón se le aceleró a mil por hora y solo atinó a reaccionar y dar un salto que para su edad - y para el estado general de sus huesos - fue todo un portento.

- “Coño, que me joden” – atinó a pensar. - “Bonito sería que a estas alturas del juego un carro termine conmigo tan fácilmente”.

No pudo evitar sonreír ante este pensamiento.

Por fin llegó a la parada. A su alrededor todo era actividad: vendedores de películas piratas; vendedores de frituras para aplacar el hambre antes del viaje; el ruido ensordecedor de las buses que parten y de los que recién llegaban. Y los benditos dulces por todos lados.

Toda esa vorágine casi le hizo sentirse en casa.

Pero con varios movimientos horizontales de cabeza sacudió fuera de su cabeza dicho pensamiento y de nuevo fue feliz: estaba años luz de casa, y así quería que fuera.

CAPITULO 2


Finalmente el transporte que lo llevaría a “Los Uveros” llegó.

El calor era insoportable y la verdad era que por vez primera desde que había llegado a Penonomé empezó a sudar.

Sacó un pañuelo de su bolsillo, impecablemente doblado como siempre y secó su frente y la barbilla con él.

Aprovechó para comprar un vaso de agua de pipa para refrescarse.
El frío líquido obró milagros en su organismo ya que inmediatamente empezó a sentir que la temperatura descendía.

Sin embargo lo último que quería era perder el vehículo que lo llevaría a su cita con lo inevitable, por lo que apuró lo que quedaba de la bebida de un solo sorbo y procedió a botar el vaso en un basurero.

Apuro el paso y subió al transporte. Debido a su edad y ese aire de autoridad que le rodeaba siempre, no le costó trabajo conseguir asiento.

El bus demoró en salir hacia su destino unos cinco minutos más, por lo que nuevamente sintió que el calor lo envolvía como un torbellino.

Se estaba cocinando en vida en el caldo espeso del interior del bus.

“¡Maldito calor!”, alcanzó a decir antes de caer en un sopor que le permitió soportar la espera por la partida del armatoste, mientras se abanicaba con su propio sombrero.

Finalmente el motor del vehículo tosió y lentamente comenzó a tomar velocidad.

Bordeó el Parque hasta la esquina del cuartel de policía y de allí giró por la vía hacia “La Pintada”. Tenía por delante un recorrido de casi 3 kilómetros hasta llegar “Los Uveros”.

 El camino no era muy bueno, sin embargo tantas veces lo había recorrido durante sus 69 años de vida que en realidad le daba lo mismo. Sentía que estaba predestinado a realizar este viaje por lo que lo único que le interesaba era llegar.

Acudir a la cita.

Por lo corto del trayecto el viaje debería demorar máximo 15 minutos a “Los Uveros” y de allí seguiría a pie. El paisaje era árido y duro. El sol se mostraba inclemente y no había en el cielo ni una sola nube que amortiguara su fuerza.

A ambos lados del camino se veían las clásicas cercas hechas con ramas y troncos de árboles que servían para contener el ganado de los terratenientes del área y que dentro de tanta escasez eran los únicos que habían sabido lo que era la riqueza y las comodidades, ya que el grueso de la provincia seguía viviendo entre la estrechez y el hambre.

Árboles de cedro espino, algarrobo y corotú era lo que predominaba alrededor y a todo lo largo de esta región de la provincia.
Todo rezumaba calor y aridez.

Coclé siempre había sido una tierra dura pero pródiga, llena de belleza natural y de bellos paisajes.

Su destino era uno de esos parajes, en su opinión uno de los mejores: el cañón de “La Angostura”.

Por suerte dicho lugar permanecía relativamente desconocido para el grueso de la gente por lo que su salvajismo y belleza casi se mantenía intacto.

En realidad se trataba de un mini cañón por el cual serpentea el río Zaratí, cuyo nombre venía del que ostentó la hija del famoso cacique Nomé.

El río con el paso de los siglos ha abierto un camino entre las montañas, con una altura aproximada a ambos lados de unos 100 metros, en algunas partes.

Las piedras que constituían las paredes en algunas de sus secciones semejaban una construcción hecha por la mano del hombre y no por la naturaleza, ya que encajaban a la perfección.

Como si fuera poco había muchas cascadas y charcas. Todo invitaba a olvidar que se estaba solo a horas de la civilización.

En sus orillas se respiraba un ambiente de magia y misterio que había dado pie a muchas leyendas, todas ellas ciertas.

Un bache en el camino le devolvió a la realidad. Se sentía muy cansado y quizás todo se debía a que el destino muchas veces pesa toneladas y en estos momentos sentía que el suyo pesaba más que un mal matrimonio.

El bus ya se encontraba en los linderos de “Los Uveros” por lo que su viaje estaba pronto a terminar.

Cuando se detuvo se apeó con cuidado ya que lo que menos quería era trastabillar, caer,  y echarlo todo a perder.

Al poner el pie en tierra se sintió nuevamente en casa y lleno de energía, misma que necesitaría para que su cansado cuerpo llegara a “La Angostura” por un camino de tierra de 850 metros de largo, donde su única compañía serían la soledad,  árboles de marañón y muchos matorrales.

Emprendió el camino inmediatamente, ya que se acercaban las 2:00pm y el tiempo apremiaba.

Su interés era llegar antes del atardecer y aprovechar para disfrutar de la belleza del paisaje, mismo que esperaba se conservara igual.

Esa es una de las cosas que siempre le gustó de los sitios olvidados: nada cambiaba.
Como la mano inoportuna del hombre no intervenía, dichos lugares conservaban la magia de siglos de pinceladas dadas por la naturaleza.

Eso era lo que estaba buscando y hacia allí comenzó a caminar.

CAPITULO 3


El niño estaba a la mitad del camino y de espaldas al viejo. Estaba totalmente inmóvil, exceptuando su cabello el cual era agitado por las ráfagas de viento que dominaban esta parte del camino.

Su única vestimenta era algo parecido a un taparrabo, ya que por lo demás se encontraba totalmente despojado de vestimentas y calzado.

El viejo le vio al terminar de subir una pequeña colina en el camino y tuvo que aceptar que le sorprendió, ya que toda su presencia desentonaba con el entorno, como si se tratara de un rascacielos en medio de la nada. Apenas llevaba 20 minutos de camino.

Algo ominoso se sentía en el ambiente y más que todo eso fue lo que lo hizo detenerse abruptamente.

Por su contextura se podía calcular su edad entre  8 o 12 años. Su peinado era corto, lacio, y redondeado, como si le hubieran puesto una totuma en la cabeza y hubieran recortado el cabello sobrante.

Los brazos descansaban a ambos lados de su anatomía totalmente flácidos. Ni un solo músculo en su cuerpo se movía, todo en él era contención y quietud.

Súbitamente su caja toráxica empezó a agitarse, presa de una extraña conmoción. El niño comenzó a respirar agitadamente y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos tomaron una tonalidad blanca.

Parecía que acababa de detectar la presencia del viejo, a pesar de estar de espaldas a él y ello le había alterado.

El viejo estuvo a punto de dar la vuelta y correr en sentido contrario. Por un momento pensó que lo haría.

Sin embargo recordó que tenía una cita ineludible y que aunque el mismo diablo estuviera en medio del camino él seguiría adelante.

A pesar de que apenas era media tarde, cuando el niño comenzó a girar en su sentido no pudo evitar estremecerse.

Lento como una serpiente el niño empezó a darse la vuelta. Lo hacía con tal parsimonia que ni siquiera agitó el polvo del camino. Todo era sol, silencio y viento.

Sus rasgos eran indescifrables. La tonalidad de su piel era blanca y ello, aunado a  su poca vestimenta, ayudaba a darle un aire extravagante.

Sus ojos eran negros, profundamente oscuros y estaban totalmente fijos en el viejo. Eran fríos y carentes de vida. Semejaban los ojos de un pescado.

La respiración del niño seguía agitada y casi se podía ver como el calor comenzaba a circular por su cuerpo. Parecía como si llevara siglos allí, en medio del camino, sin haber movido un solo músculo y que la sola presencia del viejo le había sacado de su anquilosamiento de décadas.

Ni siquiera intentó hablarle, ya que intuía que no iba a recibir respuesta. El niño estaba allí con un solo propósito y lentamente empezó a entrever cuál era.

A pesar de carecer de vida, sus ojos eran lo más expresivo de su talante, el cual seguía siendo inescrutable.

Súbitamente su  barbilla bajó y sus ojos adquirieron una aciaga determinación. Todo ello aunado a su agitada respiración hacía que su actitud fuera la de una fuerte fijación.

Como si eso fuera posible sus ojos se enfocaron más todavía en el viejo y casi se podría decir que llamas bailaban dentro de ellos.

A pesar de lo ominoso de la escena, el viejo no se encontraba totalmente asustado, ya que él sabía que conocía al niño y ello, a su manera, le servía de asidero con la cordura.

El brazo izquierdo del niño comenzó a levantarse con tal lentitud que resultaba agobiante para alguien tan ansioso como el viejo.

A  mitad de camino se detuvo y calmosamente el dedo índice empezó a  asomarse dentro de su puñito cerrado, con el claro objetivo de señalar al viejo.

Nunca había visto tanta determinación en toda su vida y sabía que fuera lo que fuera el niño iba hacer lo que tenía que hacer.

Sucedió a tal velocidad que cuando se dio cuenta la cara del niño estaba a centímetros de la suya. Nunca había visto a algo o alguien moverse con tal celeridad.

Tal fue la impresión que cayó sobre su trasero en medio de una nube de polvo.

La distancia que lo había separado del niño era de aproximadamente unos 6 metros, y aún así el niño la había recorrido en milésimas de segundo para luego detenerse con la misma agilidad.
Le miró con furia contenida y lentamente empezó a agacharse.

Inesperadamente el niño comenzó a arañar la cara del viejo liberando por fin toda la ira contenida, a la vez que gritaba y chillaba a todo pulmón, cual poseso.

Lo primero que hizo fue tomar las gafas de sol y arrojarlas lejos de sí. El viejo quedó tendido cuan largo era a la vez que alcanzó a proteger su cara como pudo, sintiendo como si diez gatos estuvieran sobre él arañándole a la vez. Lastimándole. Culpándole.

Aún así el viejo no produjo ningún sonido. Era como si bruscamente hubiera perdido el control de sus cuerdas vocales. Todo su cuerpo se llenó de frío y adrenalina, tanto así que sintió en su boca el sabor de la bilis y por un momento temió vomitar encima de su atacante.

Con la misma velocidad con que comenzó el ataque, así mismo terminó. El viejo tenía sus brazos doblados sobre su cara y los ojos los tenía cerrados, en instintivo gesto por proteger las partes más sensibles de su rostro, lugar donde se había concentrado el ataque del niño.

Lo primero que hizo fue abrir sus ojos lentamente, con el miedo de que lo primero que viera fueran esos ojos de pescado, fijos sobre los suyos.
Sin embargo con su cara ladeada todo lo que veía era la vera del camino.

Ni señal del niño.

Poco a poco giró su cabeza y con la misma flema apartó los brazos de su cara y miró. El chico no estaba.

Levantó su torso quedando entonces sentado en el suelo apoyándose con sus manos en tierra y miró a su alrededor. Estaba totalmente solo.
Recogió su sombrero del suelo y volvió a calárselo y terminó de levantarse.

Sacudió el polvo de sus manos sacudiéndolas para luego revisar su cara y evaluar los daños causados por los arañazos frenéticos del niño. Nada. No se sentía ninguna irregularidad.

Carecía de un espejo, pero no lo necesitaba para saber que su cara lo único que tenía de diferente era el polvo que la cubría producto de su caída en el suelo.

Le tomó cinco minutos asimilar lo ocurrido. Su respiración paso de jadeante a normal y ello le permitió recuperar la calma.

Avanzó unos pasos hacia la cuneta a su derecha y una vez allí recogió los lentes que el niño había arrojado en los inicios de su rabieta. Se los puso, no sin antes sacudirles el polvo.

El hecho de haber reconocido a su agresor lo afectó más que el ataque en sí.

Sentimientos que pensaba olvidados e idos salieron a la superficie y por segunda vez en el día al viejo se le escaparon un par de lágrimas.

Las mismas crearon surcos en el polvo de la cara y por un momento le dieron la apariencia de una estatua milenaria, sucia, vieja y olvidada; mojada por la lluvia después de mucho tiempo a la intemperie.

-    “Definitivamente que los viejos pecados tienen largas sombras…”, alcanzó a decir el viejo.

Meditando en ello enfiló nuevamente hacia su destino, pensando para sí que en lo que restaba de vida, que no era mucho,  nunca olvidaría esos ojos de pescado.

Mientras recuperaba el ritmo de su caminata se dio cuenta que durante 57 años así había sido.

CAPITULO 4


Lo primero que escuchó fue el rugir del río.

El viejo llevaba más de 45 minutos de caminata a partir del incidente del niño. Su única compañía durante ese tiempo fueron el calor; la brisa; y la certeza prístina que llegaría a tiempo a su cita con el destino.

En su mente veía el río Zaratí saltando remolonamente entre las rocas de “La Angostura”, haciendo las veces de culebra ancestral serpenteando entre las rocas El ambiente era fresco y húmedo.

En contraste con los diferentes tonos de chocolate que había visto en la vegetación del camino, aquí todo era verdor. Tenía que caminar todavía 100 metros para llegar al borde del cañón.

Rápidamente recorrió el trayecto, dejándose guiar por el instinto de recorridos pasados. Se acercó al borde del cañón.

La altura con respecto al nivel del río era como de 20 metros. Se asomó y miró hacia abajo.

Sintió en ese momento como si una voz en su cabeza comenzara con cadencia a murmurar toda clase de pensamientos perversos y a tentarle.

Súbitamente la voz cesó y pudo nuevamente recuperar la compostura perdida.

Ello le permitió volver a meditar en el largo camino recorrido, y no estaba pensando precisamente en la caminata.

Por fin se encontraba a tiempo en la cita que tanto había anhelado, motivo por el cual no perdería más tiempo.

Abrió la mochilita que llevaba hacia un costado y metió su mano para sacar algo de ella.

Entre esta acción y que sus sesos volaran por los aires no transcurrieron ni dos segundos.

La mano con la que empuñaba el revólver 38 m/m y con cañón de 4 pulgadas asimiló el efecto de retroceso del arma, pero José nunca se dio cuenta ya que para ese momento ya estaba conociendo a su Creador, por muy ateo que hubiese sido toda su vida.

Había introducido el cañón del arma en su boca al momento de apretar el gatillo.

Tal y como lo había planeado - al caer su cuerpo como un fardo y por encontrarse al borde del acantilado -, rodó hacia el abismo de forma muy poco elegante pero efectiva.

El ruido del despojo al caer en las aguas no opacó el eco del disparo del arma.

Por un momento pareció que la misma naturaleza detuviese su rutina diaria para contemplar espantada el horror de lo sucedido. El eco demoró varios minutos en extinguirse.

Cuando encontraran su cuerpo los periódicos tendrían mucho de qué hablar, ya que no se trataba de cualquier “capa perro”: el viejo era nada más y nada menos que José María Vila, el desahuciado escritor más laureado de Panamá en toda su historia.


lunes, 28 de octubre de 2013

Política: lo que todos debemos saber






...en toda sociedad –sin importar la forma de gobierno– hay una pequeña élite que desea “ser libre” para mandar sobre los demás. De aquí sale la primera conclusión: dado su pequeño tamaño, es fácil para un príncipe asegurar su posición entre los que desean el poder, deshaciéndose de algunos y satisfaciendo a los demás a través de concesiones y privilegios.

El resto de la sociedad, creía Maquiavelo, no desea más que vivir una vida tranquila y segura. Para satisfacerlos, el príncipe debe introducir leyes e instituciones que, junto a su poder, traigan estabilidad y seguridad. Dentro de eso, debe tener algunas cosas claras: la religión, aunque sea falsa, deberá ser promovida, especialmente si preserva la solidaridad social. La población, por otro lado, deberá permanecer empobrecida y en constante posición de guerra, para que no sucumba ante los dos grandes enemigos de la obediencia –ambición y aburrimiento– y se vea en constante necesidad de líderes.

...


...los consejos del florentino continúan, unos más indignantes y escandalosos que otros, pero todos cortados por la misma tijera: cuando se trata de la seguridad del país, no debe haber lugar para “ninguna consideración de justicia o injusticia, humanidad o crueldad, ignominia o gloria”. Ningún príncipe, explicó, “puede practicar todas las virtudes que los hombres consideran buenas, pues necesitará con frecuencia (...) actuar en contra de la lealtad, la clemencia, la bondad o la religión”.

Detrás de príncipes y virtudes, la lógica que empapa cada letra de El Príncipe es devastadora: la diferencia entre las cosas como son y como deberían ser, entre cómo se vive y cómo se debería vivir, es tan grande que “aquel que deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina”. Esa idea, tan sencilla y tan incómoda, lleva atormentando a la humanidad desde que el mundo es mundo, pero nadie la planteó como él.


El impacto moral de las máximas de El Príncipe suele eclipsar algunos de los aspectos más importantes de las intenciones de su autor. Para empezar, todos sus consejos están diseñados para crear y mantener un orden que satisfaga los intereses más permanentes del hombre. Sus valores, en palabras de Isaiah Berlin, “podrán ser erróneos, peligrosos u odiosos, pero no son cínicos”. Maquiavelo, a decir verdad, muestra poco interés en el oportunismo de los ambiciosos, en el poder por el poder.


En realidad, el florentino aspira a una república ideal, modelada a imagen de Esparta, la Atenas de Pericles y, sobre todo, la república romana. Esa república es la forma más alta de existencia social a la que los hombres pueden aspirar. Y para llegar a ella ningún sacrificio es demasiado.


De esas dos ideas se derivan algunas de las conclusiones más importantes del pensamiento maquiavélico. La política es una vocación honorable, y ciertamente necesaria en la vida humana, pero de ninguna manera placentera, segura o moralmente atractiva. El político, único destinatario de los consejos de El Príncipe, debe estar dispuesto a vender su alma –literalmente– por su vocación, a hacer un pacto con las fuerzas más profanas del universo. Porque al final, escribió Jeremy Waldron, “la línea que divide el liderazgo exitoso de la tiranía odiosa es tan delgada que (...) el ser juzgado de una u otra manera por la posteridad es cuestión de suerte”.

A ojos de Maquiavelo, entonces, la política no es una vocación aristotélica, inherente a la naturaleza humana. Precisamente por las características tan particulares que deben poseer aquellos dispuestos a vivirla adecuadamente, el maestro florentino solo recomienda la vida política a los que realmente poseen la vocación; aquellos que, como escribió Max Weber, no se desintegrarán “aunque el mundo sea demasiado estúpido o mezquino” para merecer lo que pretenden ofrecerle.

Esa idea, a su vez, ayuda a Maquiavelo a superar las dudas que lo asaltan por momentos: ¿puede un hombre que posea la grandeza para crear un Estado admirable tener la dureza para utilizar los métodos violentos y malvados que El Príncipe recomienda?

Maquiavelo encuentra la respuesta en Rómulo, que mató a Remo para fundar Roma, en Moisés y Teseo, en Ciro el Grande y los liberadores de Atenas, hombres que destruyeron para poder construir. Y como lo que ha sido puede volver a ser, Maquiavelo confía: sus ideas son optimistas.

...

...en su ensayo, Berlin comienza por enderezar lo que él considera la gran equivocación con respecto al florentino. El conflicto que yace en el corazón del pensamiento maquiavélico no es entre dos esferas autónomas de moral y política sino entre dos sistemas morales –“el de la moralidad personal y el de la organización pública”–, ambos exhaustivos , definitivos e incompatibles.

Partiendo de esa corrección, Berlin llega a su primera conclusión significativa: ignorar esa incompatibilidad lleva a “la ilusión platónica-judeocristiana de que los gobernantes virtuosos crean hombres virtuosos”. Si los métodos maquiavélicos, escribió, “te parecen moralmente detestables (...), tienes derecho a llevar una vida moralmente buena y permanecer como ciudadano”. En ese caso, sin embargo, “no deberás hacerte responsable de la vida de otros”. Deberás, en otras palabras, abandonar cualquier ideal de Atenas o Roma.

El que desee una vida pública y esté dispuesto a abandonar la moralidad individual, deberá seguir el camino recomendado por Maquiavelo. El problema, explicó, “es que los hombres buscan un camino medio que es el más dañino (...) y acaban perdiendo ambos mundos”. Esa ilusión sigue permeando nuestras vidas, escribió Claudia Roth Pierpoint, pues esperamos líderes que “nos convenzan de su ejemplaridad y piadosidad, pero que a la vez sean capaces de protegernos de enemigos” no tan ejemplares y piadosos.

Ángel Ricardo Martínez, análisis de la obra 'El Príncipe'.

Enlace al artículo original aquí.

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Para ilustrar mejor el tema, les dejo con una película que vale su peso en oro ya que ilustra como el poder cambia a las personas y las ajusta: La Ley de Herodes. Es la película completa.


miércoles, 23 de octubre de 2013

La Cabaña






Por: Yohel Amat



No pudo evitar sentir un estremecimiento en cuanto vio el rostro en la ventana.

Apenas era visible, en medio de una bruma causada por la falta de luz a lo interior de la cabaña.

Cualquiera pensaría que Jonás se encontraba bajo el manto de la noche, en algún paraje oscuro y gótico, en medio de un bosque tenebroso y espeso, lleno de peligros y de criaturas sedientas de sangre. De la suya. 

Sin embargo, el sol no podía ser más brillante ni inclemente, lo cual le tenía sudando copiosamente.

Unos minutos antes, Jonás había detenido su auto en una curva de la carretera que conducía a las “highlands” y en la cual la circulación de autos y de vehículos de transporte era incesante y constante.

El paisaje y las circunstancias no podían ser menos tenebrosos.

La carretera carecía de hombros y por ello se había estacionado en el espacio que se formaba en el lugar donde comenzaba un pequeño camino rural y el cual se perdía en una curva más adelante.

Después, Jonás había comenzado a bajar por la carretera principal. El descenso era peligroso ya que había muchas curvas antes de recuperar la horizontal, un kilómetro más abajo.

Jonás seguía caminando para buscar el ángulo adecuado para tomar las fotos que deseaba del paisaje tan hermoso que tenía ante sí: amplias praderas, bosques inmensos e inclusive: el mar, con toda su serena belleza, allá en la distancia, casi donde el horizonte se hacía vago e imperceptible.

La vista no podía ser más hermosa.

Jonás comenzó a tomar las fotos, teniendo la precaución de estar atento a los vehículos que pudieran bajar por la carretera, para evitar un posible accidente.

“Juan Seguro vivió mil años”, le había enseñado su abuela cuando era niño.

De repente a su mano derecho la vio: una ruinosa cabaña de madera vieja y podrida.

La cabaña se encontraba de espaldas a la carretera.

Todo en ella era gris, viejo, triste y melancólico. Inclusive, hubiese jurado que la estructura había surgido súbitamente de la tierra.

Jonás trató de entender cómo se llegaba a la cabaña, ya que la misma se encontraba a buena distancia de la carretera, obligándole a usar el zoom de su cámara para poder reparar en los detalles de la estructura; hasta que dedujo que a la misma se llegaba por el camino en cuyo inicio había dejado su auto.

Empezó a tomarle fotos a la vieja estructura, cuyas ventanas simulaban sendos ojos, oscuros y profundos, los cuales parecían mirarle con reproche, por el atrevimiento de tomarles fotos sin su permiso.

Cuando terminó, husmeó en la galería para ver si las tomas habían salido bien.

Pasando de una foto a la otra, hubo una que le llamó la atención.

Para asegurarse, hizo un zoom de la foto y allí estaba: detrás de la mugre de una de las ventanas de la cabaña había un pálido rostro asomándose entre la oscuridad de la habitación, la cual lo había devorado todo, exceptuando dos negras y grandes esferas que miraban hacia la cámara con desesperación.

Por un momento pensó estar viendo un fantasma.

Para asegurarse, amplió la imagen en la pantalla y lo único que logró corroborar es que en medio de todo ese abandono, suciedad y decadencia, en esa ventana una criatura se asomaba como pidiendo ayuda.

No sabía qué hacer.

La cabaña desde esta distancia lucia lóbrega y amenazadora, pero la curiosidad le devoraba: ¿quién era ese ser en la ventana?

Su mente entró como en un letargo y comenzó a soñar en tantas cosas: en la cabaña habitaba una familia de caníbales; un asesino en serie tenía un cuarto lleno de mujeres encadenadas, las cuales mataba de una en una, como parte de un espantoso ritual.
O simplemente lo que había visto no era más que la representación visual del eco de alguna tragedia ocurrida en la cabaña hacía muchos años.

Una parte de él le decía ‘¡Aléjate! ¡No es tu problema!’ pero por otra parte la curiosidad le carcomía.
Jonás comenzó a caminar hasta la cima de la colina y se detuvo justo enfrente del inicio del sendero rural que le llevaría hacia la cabaña.

Cuando reparó en ello, ya había avanzado unos 100 metros por el sendero y ya a lo lejos - después de una curva más adelante - se vislumbraba la cabaña.

Fue en ese momento que se dio cuenta de que no se detendría hasta que resolviera el misterio.

Cuando llegó, se detuvo frente a la misma y fue entonces qué pudo verla en toda su miseria.

Lo primero que impresionaba era el pensar en cómo dicha estructura se sostenía y no colapsaba bajo el peso de la podredumbre y de los años.

La cabaña tenía una pequeña terraza donde otrora debieron haberse reunido a conversar los antiguos habitantes de la casa.

Todavía parecía escucharse en el ambiente las risas y voces de tiempos idos.

La puerta de entrada lucía inclinada y la luz pasaba a través de las múltiples rendijas que le atravesaban. Parecían las cicatrices de viejas heridas que nunca curaron bien.

También reparó en tres ventanas - dos en el lado izquierdo y una grande en el derecho - las cuales estaban tan sucias que no se podía ver sino sólo sombras, algunas inquietamente en movimiento.

Jonás dio un par de tímidos pasos y se acercó a la casa. Al poner su pie en ella sintió que en ese momento estaba entrando a otra dimensión, a otro mundo.

Con la punta de los dedos tocó la puerta y la empujó suavemente, como probando a ver si no caía al suelo hecha pedazos.

Sin embargo, la puerta respondió con un lastimero crujido, como si fuese un doloroso lamento de dolor por la presión ejercida.

Asombrosamente, tuvo que hacer uso de más fuerza para abrirse paso, pero al final lo logró.

La cabaña estaba totalmente en el abandono y aparentemente deshabitada.

Hacia la derecha estaba lo que parecía la cocina. La puerta de entrada había perdido la mitad de su estructura y lo que quedaba se encontraba en el suelo, obstruyendo la entrada.
El techo se había derrumbado casi en su totalidad, por lo que apenas se podía ver parte de lo que en algún momento fue un fregadero.

Caminó un poco más hacia el fondo de la vivienda, teniendo mucho cuidado de dónde pisaba.

La penumbra era lo que reinaba y la poca luz que había sólo servía para resaltar el polvo que flotaba en el ambiente.

Por donde se mirara había telarañas, suciedad, pilas de basura y de hojas, muebles viejos, herrumbre, agua empozada...silencio. Era sobrecogedora la falta de sonido alguno.

Lo único que le impedía echar a correr hacia la puerta de entrada eran los numerosos rayos de sol que se colaban entre los múltiples huecos en el techo, los cuales espantaban a la oscuridad y aliviaban un poco el miedo que sentía.
Se sentía protegido por un baño de luz solar, por ridícula que fuera la idea.

En ese momento escuchó un ruido en una de las habitaciones de la casa.

Su sangre se heló y su corazón se aceleró.

Sintió la adrenalina fluir, mientras sus ojos buscaban desesperadamente el origen exacto del ruido que acababa de escuchar.

A su mente vino la foto que había tomado y el impresionante rostro que había fotografiado por azar.

Algo le dijo que esa era la habitación. Estaba seguro de que al abrir la puerta de la habitación, enfrentaría sus miedos y le daría cara al horror.

Caminando entre los escombros se dirigió al cuarto y asió el pomo de la cerradura. Si no se abría por las buenas, se abriría por las malas.

La puerta cedió - con un lúgubre quejido de los goznes - y dejó a la vista más desolación y abandono.

En una de las esquinas había alguien agazapado, aparentemente un infante. Lloraba desconsoladamente y temblaba, por lo que parecía, de miedo.

Jonás se acercó lentamente, porque por un momento se sintió protagonista de una película de terror dónde - en iguales circunstancias y al acercarse - el bulto desaparecería en el aire, cual fantasma.

Pero el gimoteo continuó.

Fue entonces que fue consciente de la pesada atmósfera que había en la habitación, la cual impedía casi respirar.

Jonás miró a su alrededor y pudo ver todos los indicios de que en esta habitación habitaba un grupo de personas.

A unos metros de la niña - eso aparentaba ser - había un montículo de cenizas y sobre las mismas había una pequeña y oxidada olla.

En la esquina más lejana de la habitación se podía ver otro montículo, pero esta vez de basura: cáscaras de guineo, restos de naranjas, envoltorios de arroz, muchos pequeños envases plásticos - cápsulas - de aceite para cocinar.

Jonás pudo deducir que en la esquina dónde se encontraba la niña era donde dormía, ya que había un pulgoso, sucio y maloliente colchón, además de un pequeño montículo, constituido por tres sábanas.

Jonás se acercó más y puso lentamente su mano sobre la cabeza de la niña para apartarle el sucio y grasoso cabello de la cara.

Por un momento esperó ver el rostro de un monstruo a punto de atacarle por atrevido, pero lo que vio fue dos esferas negras mirándole con miedo y desesperación. Se encontraban humedecidas por las lágrimas que aparentemente llevaba horas derramando.

Era una pequeña niña indígena ataviada con uno de sus típicos trajes, el cual había conocido mejores días.

A simple vista pudo deducir que el llanto era producto del hambre, ya que su rostro se encontraba envejecido y seco, nada propio de una niña de su edad.

Le preguntó qué le pasaba pero la niña parecía no entenderle.

Trató de calmarla con gestos y con susurros, pero la niña le miraba con visible terror.

Cuando la niña pataleó para alejarse de él, pudo ver que las piernas estaban prácticamente en los huesos.

El hombre estaba desconcertado y no sabía qué hacer.

¿Quién era esa niña? ¿Alguien cuidaba de ella?

De repente se escuchó un grito que casi le causa un paro cardíaco.

Jonás giró rápidamente para ver de dónde provenía cuando vio en el umbral de la puerta a una indígena adulta, tapándose la boca con ambas manos.

En el suelo había un cartucho - evidentemente lo había dejado caer - mostrando unos paquetitos de café, una pequeña bolsa de frijoles, otra de arroz y una pequeña botella de aceite.

La indígena estaba aterrada, evidentemente porque no esperaba encontrar a un extraño en la casa.

Jonás no sabía qué hacer con una niña y una mujer, ambas aterradas y temerosas de su presencia.

La mujer miraba con desesperación a la niña y evidentemente era su madre, dado el gran parecido en la fisonomía.

También su rostro y físico delataban que no se alimentaba bien y hasta parecía estar enferma.

No hacía falta tener dos dedos de frente para deducir que venía de vuelta y que lo que traía era lo que iban a consumir, quién sabe por cuántos días.

Siempre le habían divertido las peleas - en algunos casos a muerte - que protagonizaban los “cholos” - despectivo apodo dado a los indígenas de la región -, embrutecidos por el alcohol y a las afueras de las cantinas de las poblaciones rurales.

Nunca había conocido la otra cara de la moneda: la cara del hambre, de la pobreza, de la malnutrición, de la enfermedad, del abandono.

Algo le decía que ya no habría más visitas. Un pálpito le comunicaba que ellas eran las únicas habitantes de esta casa del dolor.

Alargó los brazos hacia la indígena, a la vez que giraba sus manos, tratando de que ella comprendiera que no tenía intención de hacerles daño.

Intentó hablar con ella, pero pudo ver en sus ojos la profundidad de su desesperación y su falta de educación.

La niña seguía llorando, producto de ver el terror reflejado en la cara de su madre.

Jonás no sabía qué hacer.

De repente, sacó la cartera del bolsillo trasero de su pantalón y revisó: tenía como $300.

Los sacó todos y los dobló en dos, alargándolos hacia la indígena, lo cual la desconcertó aún más.

Parecía como si en lugar de alargarle algo, hubiera elevado su mano para pegarle.

En vista de ello, cuidadosamente se agachó para dejar el dinero en el polvoriento y sucio piso de madera.

Caminó alrededor de la mujer - gravitando cual satélite - rumbo a la puerta, tratando con ello de tranquilizar tanto a la madre como a la hija.

Cuando alcanzó la salida, empezó a caminar hacia atrás, siempre con los brazos en horizontal, con las palmas de las manos hacia la mujer.

En la medida que se alejaba, la figura de la indígena se iba haciendo una con la penumbra, hasta que finalmente se fundió con ella y fueron uno.

El sonido del lloro de la niña siguió, inclusive cuando ya había salido de la casa y cuando empezó a correr.

Ese sonido le perseguía y daba vueltas en su cerebro, cual enjambre de avispas, con sus aguijones llenos de ponzoña.

Sólo cuando llegó al final del camino - la casa había desaparecido nuevamente después de la curva - fue que reparó en que sus peores temores se habían vuelto realidad: sí existían los monstruos, sólo que ahora habían mutado en la forma de enfermedad, pobreza, abandono, maltrato, desesperanza.

Sacó un cigarrillo. Con manos temblorosas lo encendió con un fósforo y luego le dio una larga y profunda aspirada.

Los monstruos si existen - se dijo a sí mismo -, están entre nosotros...y también toman prisioneros, aparentemente de por vida.

sábado, 19 de octubre de 2013

'Muerto hasta el Anochecer' de Charlaine Harris o de como la sangre, vende




Por: Yohel Amat

PUNTAJE: 6/10


Tengo que aceptar qué desde hace más de cinco temporadas, vengo disfrutando de la serie de HBO True Blood, ese carnaval de sangre, vampiros, hombres lobo, cambiaformas, fanáticos religiosos, excéntricos gays, chamanes, hadas, telequinesis, sexo, espíritus vengativos, brujas, exorcismos, veteranos de guerra, sociedades secretas, gore, violencia y comedia, ésta última en la dosis adecuada.

Una vez traté de que alguien "virgen" en la serie se sentara conmigo a ver un capítulo de la última temporada y durante el transcurso del mismo pude ver como su cerebro iba cayendo bajo el peso de tanta locura con método.

Es por ello que siempre tuve la curiosidad de conocer de primera mano la fuente creadora de de toda esta vorágine, a saber, la serie de libros escritos por la norteamericana Charlaine Harris, la cual - si no he contado mal - ya consta de 11 volúmenes y no dudo que sigan saliendo más de la tierra, cual vampiro recién levantado.

No hay duda alguna de que hay que comenzar por principio y por ello adquirí Muerto hasta el Anochecer, el primer volumen de esta serie de aventuras de nuestra camarera "lee mentes" favorita, Sookie Stackhouse.

Admito que no sabía con qué me iba a encontrar y luego de haber terminado el libro, todavía no lo sé.

Lo primero que me llamó la atención fue lo fiel que fue la primera temporada a este primer volumen de las aventuras vampíricas de Sookie.
Prácticamente se puede decir que fue un calco.

Quiere decir que Sookie, Sam, Jason. Arlene, Andy, Bill, Eric, Pam, etc., todos están allí y casi como los vimos en la serie, cumpliendo cada uno con su papel y misión.

¿Hay gore? Mucho ¿Hay vampiros? De sobra ¿Hay sangre? ¡Por galones! ¿Hay crítica social? Reemplace 'vampiro' por 'gay' o 'negro' y obtendrá usted mismo la respuesta. ¿Hay sexo? Mucho, pero...aquí viene mi primer pero.

Todavía no asimilo el porqué del boom de la literatura femenina, la cual sin tener el mote de 'erótica' lo es. Casi da la impresión de que el mercado que consume esas novelas - como ejemplo, cito los famosos 50 Grados de Grey - todo lo que le interesa es sexo, sexo y más sexo; detallado hasta la mínima expresión y practicado con esos dioses masculinos que sólo la mente femenina sabe idealizar.

Ese es el punto que no me gustó en Muerto Hasta El Anochecer: el sexo gratuito, explícito, reiterativo y repetitivo.

No había necesidad de describir en detalle cuatro o cinco encuentros sexuales entre Sookie y Bill, para saber que ambos estaban locos el uno por el otro.

Por otra parte, el misterio central - ¿quién está asesinando a esas mujeres? - es bastante ligero y débil, por lo que el descubrir quién era, casi nadie saltará de asombro o se verá sorprendido.

¿Terminaré de leer los otros diez libros? Voy a continuar con el segundo volumen y veremos si me lleva a leer el resto.

Para finalizar, este es uno de esos raros casos dónde "la serie basada en el libro" luce más interesante y espléndida que la obra en la cual se inspiró.

De todos modos, no hay que negar que el concepto y el núcleo de la historia siguen siendo muy originales y que ello le ha inyectado una dosis de 'vida' a un género que se ha visto pisoteado y 'devorado' por la creciente popularidad de los zombis.

Cosas del siglo XXI, ¿no creen?