sábado, 28 de marzo de 2015

Reseña de cine: La Mujer de Negro 2




El cine de terror está en crisis. Sus fans hemos sido expuestos a horrores jamás antes vistos y al gore más explícito, tanto así que se dice que ya nada nos asusta.

Y parece que es cierto.

Para alguien que ha visto toda la serie de películas de SAW o si ha sido expuesto al "torture porn" al mejor estilo de HOSTAL, ya no hay nada nuevo bajo el sol.

Ni tampoco en la oscuridad del cine.

Es por eso que creo que al momento en que reina el aburrimiento en este vapuleado género cinematográfico, lo mejor es volver a lo básico.

Y no hay nada más básico que el hacer una película en una mansión encantada.

En teoría no debería fallar.

Lo digo porque muchos piensan que es sencillo, pero está harto demostrado que hasta para asustar hay que estudiar. Hay que tener pasión y sobre todo un delicado sentido del suspenso, para saberlo transmitir de manera que el público esté en vilo durante toda la película, no solo por lo que ve sino, principalmente, por lo que no.

De eso se trata La Mujer de Negro 2: El Ángel de la Muerte, la continuación de su exitosa predecesora, en la cual el peso de la misma lo cargó el renombrado actor - conocido por su papel de Harry Potter para muchos - David Radcliffe.

Lo bueno: la ambientación, la actuación de Phoebe Fox, quién logra transmitir - en su papel de Eve - el dolor, angustia e impotencia de una valiente pero atormentada mujer, ante el peligro latente que hay sobre los niños que están a su cuidado.

Lo malo: la dirección de Tom Harper es más que eficiente sin llegar a destacar, ya que recurrió a algo que en lo personal, detesto: los sustos gratuitos.

Con esto me refiero a esas partes de las películas dónde en medio de una música o sonido ensordecedor, aparece algo diseñado explícitamente para asustarnos por lo súbito de su aparición.

Y si se recurre a dicho recurso demasiadas veces, terminarás incomodando al espectador y le darás a entender que no tenías otros medios para asustar.

La Mujer de Negro” es una historia que se presta para crear suspenso y terror de forma elegante y gradual, creando esa angustia que se logra al ser manipulados inconscientemente.

Lo anterior se logró eficientemente en la película anterior, pero en esta continuación, no.

¿Recomendaría esta película? Por supuesto que sí, ya que sus carencias y fallas palidecen ante esa atmósfera opresiva que se muestra en la cinta de manera magistral.

Además, una casa encantada llena de niños y de fantasmas es irresistible, en medio de tanta mediocridad y “más de lo mismo” en el actual cine de terror.

Y solo eso hace que valga la pena verla.

lunes, 12 de enero de 2015

Alcohol o no alcohol: he allí el dilema en Doctor Sueño de Stephen King

Tengo que confesarlo: soy fanático de la obra de Stephen King desde sus inicios.

Navegando en sus páginas he disfrutado de los mejores momentos literarios de mi juventud, y siempre recuerdo con cariño su mejor obra, en mi concepto: "IT".

Sin embargo, los años no perdonan a nadie y luego del aparatoso accidente que sufrió, y dónde casi pierde la vida, siento que su obra empezó a decaer hasta los niveles actuales.

Y lo digo con todo el respeto del mundo hacia uno de mis escritores favoritos y hacia sus más fanáticos seguidores, que en este momento querrán que me entierren en el "Cementerio de Animales" para pagar la blasfemia que he dicho arriba.

Sin embargo, a las pruebas me remito: acabo de leer "Doctor Sueño" y tengo que confesar que me obligué a mi mismo a terminarlo, ya que su inicio es insufrible.

Lo que más me indigestas es que se venda como la continuación de "El Resplandor", una obra cimera, llena de simbolismos y de horror, del de verdad.

Cuenta la leyenda que esa joya de la literatura de terror fue escrito en medio de los vapores alcohólicos de un Stephen King entregado a la bebida y a la droga, lo cual confirma que a veces esa combinación tóxica produce las más sublimes de las obras.

Y de ello dan fe infinidad de escritores, músicos, cantantes, etc.

Con ello no quiero decir que ahora el Stephen King sobrio que todos conocemos no me caiga bien: al contrario.

Él ahora es más feliz y disfruta de la vida. Pero para su obra, el ya no deambular por el sendero del horror alcohólico le ha quitado pulso, narrativa y veracidad.

Y eso es lógico: mal puedes describir el horror si ya no deambulas por el lado oscuro.

Volviendo al "Doctor Sueño", con un villano tan ridículo y caricaturesco como "El Nudo Verdadero", lo que mueve es a risa, invalidando todo el resto de la estructura del libro, la cual colapsa bajo el peso de un horror que nunca fue.

El horror fue mio al leerlo.

Ahora, no descarto que de repente el que haya cambiado sea yo y que los años hayan cambiado mi gusto literario.

Voy a dejar esa puerta abierta, solo en honor a Stephen King.

Solo porque es él.


Autor: Yohel Amat

domingo, 2 de noviembre de 2014

¿El crimen paga o no paga? El final de la serie Boardwalk Empire nos lo dice

Por Yohel Amat





"SPOILERS": Si eres fan y no has visto el final de la serie, no sigas leyendo.

Ha finalizado una de las series más interesante e incomprendida de los últimos tiempos. Lo tenía todo para ser la serie de prestigio y de masas en HBO, pero nunca contó ni con lo uno ni con lo otro.

Y lo digo porque para la crítica, la serie le fue indiferente y para los ratings, nunca llegó a las alturas que se esperaban.

Sin embargo hay que ser justos, ya que un drama televisivo que contó con Martín Scorsese dentro de la producción, tenía que tener clase, sangre, lujo, esplendor y personajes muy bien delineados. Y de eso sobró siempre en Boardwalk Empire.

Hay mucho que decir sobre esta serie, pero los medios se están encargando de diseccionar el último capítulo y todas las temporadas anteriores, demostrando con ello que no estamos ante el final de una serie común y corriente.

Me limitaré a decir que Boardwalk Empire era más que eso.

Esta última temporada nos permitió, por última vez, sumergirnos en el pasado de Enoch Malachi "Nucky" Thompson,  un mafioso que nunca lo pareció, ya que más semejaba a un alma atormentada por su pasado, tratando de llenar con dinero los vacíos que le dejaron una espantosa niñez de pobreza, abusos y maltrato.

Sin embargo, el mayor de los vacíos lo escogió por voluntad propia, al momento de venderle su alma al diablo, al entregarle a un pedófilo a una joven e inocente Gillian Darmody, prometiéndole de paso que siempre estaría pendiente de ella.

Y Nucky todo lo hizo por subir un escalón más en su ambición por alcanzar las alturas a las cuales quería llegar.

Ello le costó la vida, en una de las justicias más poéticas jamás vista en la televisión, y su propia alma.

¿El crimen paga o no?

Si leemos los titulares de los periódicos, pareciera que sí en muchos casos.

Sin embargo, prefiero aferrarme a la moraleja que deja esta serie, luego de cinco años: el crimen aparenta pagar, pero el precio que exige a cambio en soledad, sangre, cárcel, vacío, tristeza y dolor, es muy alto.

¡Salve Nucky Thompson!


domingo, 5 de octubre de 2014

¿Conocen el pueblo más saludable del mundo? Podemos aprender mucho de ellos

Por Yohel Amat

Para conocer a esta población, habrá que voltear a ver hasta la frontera que comparten Pakistán y la India, específicamente a un pueblo pakistaní llamado Hunza.

¿Qué tienen de especial sus habitantes?

Pues que allí es de lo más común alcanzar hasta 120 años de edad y con una lozanía que les hace parecer hasta 20 años menores que su verdadera edad.

Se han hecho varios estudios al respecto, para saber cual es el secreto de este pueblo, localizado entre montañas nevadas, de piel blanca y con estilo europeo.



Veamos algunas de sus costumbres que llaman mucho la atención:


  • Se bañan con agua helada, de a veces 15 grados bajo cero.
  • Tienen un estilo de vida muy activo
  • Su dieta se basa en lo que haya disponible según la temporada. En verano predomina la alimentación vegetariana, lo cual incluye mucha fruta y verduras crudas
  • No cocinan para ahorrar gas para el invierno.
  • Cocinan sus verduras al vapor.
  • Solo comen 50g de proteínas al día.
  • El agua que toman es alcalina y proviene de los glaciares.
  • En total consumen aproximadamente 1900 calorías diarias.
Es importante anotar que casi nunca comen carne, ya que no acostumbran a matar sus vacas, porque para ellos es más importante la leche que producen, tomando en cuenta que el ganado escasea.

Por increíble que parezca, las mujeres de Hunza son fértiles aún a los 60 años, con capacidad hasta de dar a luz. Los varones son activos sexualmente aún después de los 70 años y no es extraño que trabajen hasta los 100 años.

¿Qué lecciones podemos aprender de todo esto? Saquen ustedes sus propias conclusiones.

Artículo original.

domingo, 23 de febrero de 2014

A mí nadie me deja





Sentía frío, mucho frío.

Quizás se debía a la brisa que baja por la colina hacia dónde estamos todos mirando en una misma dirección. El sol se está ocultando detrás de esa misma colina, acrecentando la ya de por sí natural gelidez de los cementerios.

Mamá me tiene agarrado de la mano y llora quedamente mientras el padre recita sus letanías hacia el ataúd que se encuentra al borde del foso donde reposará por la eternidad.

O al menos eso es lo que me han enseñado en la escuela y en la iglesia. La verdad nunca lo he entendido muy bien. Sólo sé que todos lloran o se ven con cara de tristeza, contradiciendo el que estemos ante el preámbulo del Cielo, lo cual debería ser motivo de celebración.

A mis 13 años mi madre aún me trata como un niño y ello a veces me molesta, pero en momentos como este no digo nada porque sé que está sufriendo.

No sé que pensar de la muerte del entrenador Schmit y más aún por la forma como murió: tres tiros a la cabeza en la puerta de su casa como a las 8 de la que noche.

Según vi en las noticias, el entrenador estaba tranquilamente viendo televisión con su esposa – la señora Maggie, muy buena persona que siempre nos llevaba un pastel los sábados al campo de juego para que lo devoráramos luego del partido – cuando alguien tocó a la puerta.

El entrenador se levantó para ver quién era y al abrir la puerta recibió los tres tiros – no sé porqué cuando recuerdo esta parte no puedo evitar relacionarlo con mis juegos de vídeo favoritos – para caer de espaldas en el pasillo que llevaba hacia la cocina.
La señora Maggie tardó en reaccionar – aterrorizada por el estrépito de los disparos – de manera que cuando llegó corriendo y gritando ya era demasiado tarde: el asesino había desaparecido en la oscuridad de la noche.

La policía siempre se preguntó como hizo para desaparecer tan rápido, ya que los vecinos salieron inmediatamente y ninguno recordaba haber visto ningún auto pasando por la única calle de la barriada a esa hora.

El asesino simplemente desapareció, mientras vecinos y hasta niños se agrupaban a las afueras de la casa del entrenador para satisfacer el morbo y para inyectarse de esa adrenalina que les negaba sus plácidas vidas.
Yo también estuve allí curioseando y hasta pude ver de lejos al entrenador, tirado en el suelo en medio de un charco de sangre.
Nunca había visto tanta en mi vida.

La verdad nuestro pueblo era muy aburrido. Mi hermano no bien había cumplido los 18 años cuando inmediatamente hizo las maletas y se fue hacia la gran ciudad, 500 kilómetros al este, para trabajar y estudiar.
Al menos eso fue lo que nos dijo a todos en casa. Sin embargo, al momento de partir, todos quedamos con el acre sabor del convencimiento de que nos había mentido. De que todo lo que en realidad quería era huir.

Por eso, el béisbol era una pasión para todos en el pueblo, adultos y niños. Era muy raro que en  una población de 3 mil habitantes todos no hubiesen compartido el amor por lo único que nos daba emoción y aventura.

El que el sacerdote se hubiese callado y el ruido que causó el súbito cierre de su Biblia, me trajo a la realidad: estábamos todos en el entierro de un ser que muchos amábamos.

Pareciera ayer que estuviera llegando al campo de juego del pueblo a inscribirme en la liga infantil de béisbol, donde el entrenador Schmit era el mandamás y el “hacelo todo”.

Siempre se le admiró el cariño que le demostraba a los niños – siempre se negó a trabajar con equipos de jugadores mayores de 13 años o con niñas – y su pasión por su bienestar. Muchos aplaudían que su amor por ellos fuera más allá del campo de juego, ya que muchas veces llevaba a los que dejaban olvidados - al finalizar la práctica - hasta las puertas de su casa.

Tengo que aceptar que le guardaba mucho cariño y que lamenté profundamente su muerte. Inclusive, en estos momentos estoy metiendo la mano en la cartera de mamá para sacar el pañuelo que con previsión llevaba con ella, para secarme las lágrimas.

Mientras el ataúd baja, recuerdo que después del asesinato nada fue igual: las personas ahora se  niegan a salir de noche; ahora nadie deja las puertas abiertas; todos desconfían de todos y la policía local ha quedado con imagen de ineptos y torpes, ya que no han podido descifrar el enigma ni recoger la más mínima pista.

Por más que investigaron – inclusive, la señora Maggie fue la principal sospechosa al inicio – dentro de sus amistades, familiares y conocidos, no pudieron encontrar a una sola persona que diera una luz para aclarar el caso.

Hasta nos interrogaron a todos los que Schmit estaba entrenando antes de su muerte, pero pocos hablamos, ya que la mayoría estaban traumados y en shock, lo que probaba hasta dónde se había metido el entrenador dentro de los niños, pensó la policía.

El sonido de las palas al momento de comenzar los voluntarios a echar tierra dentro del hoyo, sonó frío y lúgubre, como recordatorio de que estábamos en el reino de los muertos y que – como dice el pastor en la televisión - “polvo somos y en polvo nos convertiremos”.

Ya estaba comenzando la gente a desfilar delante de la tumba, para cumplir con ese extraño ritual de coger un puñado de tierra y de tirarlo sobre el ataúd, algo que a mis 13 años todavía no comprendo.

A estas alturas, ya casi todos en el pueblo nos habíamos convencido de que nunca se encontraría al asesino y ello era peor que la muerte para la familia del entrenador ya que no podían soportar el hecho de saber que convivían con su asesino en un pueblo tan pequeño.
Pensar que lo tenían al lado sentado en la iglesia les quitaba el sueño, le escuché decir a la señora Maggie a mi madre una vez que nos encontramos en la farmacia.

Finalmente todo había terminado y las personas estaban poco a poco despidiéndose del entrenador y partiendo del cementerio, con el alivio reflejado en sus rostros de no ser ellos los que estaban a seis pies bajo tierra.

Mamá se quedó un rato más hasta que los familiares del entrenador se retiraron y hasta que solo quedó un solitario trabajador del cementerio, limpiando y recogiendo materiales y herramientas.

Cuando finalmente comenzamos a irnos, no pude evitar voltear a ver hacia la tumba y pensar  que estaba abandonando al entrenador para siempre.

En cambio a mí NADIE me deja ni me abandona. NADIE.

Autor: Yohel Amat

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Reseña de libros: 'El general en su laberinto'







Por: Yohel Amat

Apreciación: 5/5


Esta novela es especial para mi y uno de los pocos libros que he vuelto a leer en varias ocasiones.

¿Por qué?

Porque en cada nueva lectura descubro un matiz que había dejado por fuera; un vocablo que pasé por alto; una pequeña tragedia que quizás obvié por pena ante el protagonista de este libro: El Libertador Simón Bolívar.

Siempre he culpado a nuestro sistema educativo por hacer de la Historia - con mayúscula - algo aburrido, estéril y prescindible, dada la forma insulsa e imperdonable en la que nos la enseñan en el colegio y escuela.

El objetivo es claro: que la repudiemos para que cometamos los mismos errores, mientras los poderes de siempre se aprovechan de ellos.

La historia y sus personajes son para narrarlos así: descarnados, humanos, vulnerables, brillantes, trágicos...amados y odiados.

Y en ello nadie como Gabriel García Márquez para llevarnos de la mano a ese realismo mágico que sólo se da en nuestros países de latinoamérica.

No se dejen engañar por la prosa y por su tono: este es un libro rigurosamente investigado, con la idea de que documentase de la mejor manera posible el viaje final hacia la muerte del general Simón Bolivar, con el lastre de la gloria perdida, de la enfermedad y del fardo más pesado de todos: sus sueños rotos.

Podemos asistir a este frenesí tropical de anécdotas, amores, traiciones, guerras, calores agónicos, enfermedad y muerte como espectadores de primera fila.
Para ello el autor no se circunscribe a narrar los hechos que se dan en la marcha, sino que recurre a los famosos 'flashbacks' para por medio de ellos narrarnos eventos pasados que marcaron la vida del Libertador.

Es tan magistral lo logrado por Gabo, que al terminar la lectura de este libro, no concibo a alguien que no quisiera abrazar a ese fardo de pellejo y huesos - que es en lo que termina convertido el General - que fallece en 1830 en la quinta de San Pedro Alejandrino, casi a solas y abandonado del mundo.

Es tal la humanidad que logra transmitir Gabo a su personaje, que por momentos hace palidecer toda la gloria que el General alcanzó en sus múltiples batallas y esa lucha constante que libró hasta su último aliento por lograr su sueño de una América unida desde México hasta el Cabo de Hornos.

Era tal su visión del futuro qué muchas de las 'profecías' que dijo - en realidad eran destellos fugaces de una mente privilegiada que sabía analizar y ver con luces largas -, hoy las vemos cumplidas: guerras civiles interminables, desunión entre países hermanos, pobreza, deuda externa, atraso, explotación por potencias extranjeras, subdesarrollo.

Impresiona como nadie más - ni siquiera nosotros - pudo ver lo que se nos venía encima.

Sólo por eso - sin tomar en cuenta nada más de su brillante vida - ha merecido ser investido de inmortalidad.

Parece mentira, pero aún hoy - en pleno siglo XXI - y con toda la tecnología habida y por haber a nuestra disposición - su nombre resuena y son pocos los latinoamericanos que pudiesen pecar de un grado tan alto de ignorancia como para desconocer su nombre y legado.

Finalmente, solo me queda por decir que si hay un motivo por el cual recomiendo este libro es por su humanidad y por el retrato que hace de un momento y lugar en nuestra historia, tan propia y nuestra, para bien o para mal.

Así fuimos y así somos.

viernes, 8 de noviembre de 2013

La Cita









Por: Yohel Amat


CAPITULO 1


El bus lo dejó en el parque de Penonomé en pleno mediodía.

Al mirar como se iba alejando por la calle, dejando tras de sí una estela de humo, se sintió con el mismo desamparo que sentiría un aventurero si su barco lo hubiera abandonado en el Polo Norte y sin fecha de retorno definida.

Sin embargo el calor le golpeó en la cara y le recordó donde estaba y cual era su objetivo.

Sonrió. Recordó.

Recordó cuando era solo un muchacho y corría por las mismas calles en las que ahora circulaban todo tipo de vehículos, como arrogante muestra de que el progreso campeaba en su tierra natal.

Por todos lados había vendedores de los famosos dulces de la región: manjar blanco; cocadas; suspiros; etc. en sus clásicas bandejas blancas cubiertas de plástico, tan típicamente panameño

No quería caer en la fácil trampa de pensar que “tiempos pasados fueron mejores”, sin embargo no podía sacar de su cabeza que los actuales no eran los mejores de su vida precisamente

- “Definitivamente que no…”, caviló mientras caminaba con paso ágil, casi demasiado para alguien de 69 años y que estaba pronto a morir.

Cuando solo era un ‘pelao’ de quince años lo único que anhelaba era llegar a los dieciocho para poder sacar su cédula y convertirse por arte de birlibirloque en un adulto con todas las de la ley.

- “Definitivamente que uno es aguebao”, pensó para sí.

Su vestimenta no podía ser más sencilla: una camisa manga corta a cuadros con tonalidades azules. Estaba cerrada, a pesar del calor, hasta el penúltimo botón. Su pantalón era color crema, ceñido por una correa de riguroso color negro.

Sobre su cabeza llevaba un sombrero de ala ancha, color gris oscuro. Gafas oscuras ocultaban sus ojos y los protegían contra los inclementes rayos del astro rey.

Por calzado llevaba dos zapatillas un tanto anticuadas pero adecuadas para recorrer el camino que tenía por delante.

Su pecho lo atravesaba la correa de una mochilita que colgaba hacia su costado derecho. Estaba herméticamente cerrada.

Siguió caminando hasta la siguiente parada de buses donde podría dirigirse a su destino final y donde podría realizar la tarea más importante de su vida.

Tenía todo el tiempo del mundo.

Por primera vez en su vida era libre de ataduras sentimentales, laborales y sociales. Era él mismo por primera vez en muchos años.

Mientras esperaba el bus observó en derredor y por lo visto mucho del entorno de su niñez se mantenía, ya que unas cuantas lágrimas se asomaron en sus cansados ojos, trasluciendo la nostalgia que lo embargaba en ese momento.

- “De verdad que te estás volviendo pendejo, José”, sentenció para sí mismo.

Una vez recuperado se sintió de nuevo exultante y listo para continuar con la importante tarea que tenía por delante. Para ello siguió caminando rumbo a la siguiente parada.

A punto estuvo de ser arrollado por un vehículo al cruzar la calle sin fijarse.

Tan ensimismado iba pensando en todos los acontecimientos recientes que no se dio cuenta que un carro venía por la vía.

Lo que lo sacó de su trance fue el sonido atronador del pito del carro. El corazón se le aceleró a mil por hora y solo atinó a reaccionar y dar un salto que para su edad - y para el estado general de sus huesos - fue todo un portento.

- “Coño, que me joden” – atinó a pensar. - “Bonito sería que a estas alturas del juego un carro termine conmigo tan fácilmente”.

No pudo evitar sonreír ante este pensamiento.

Por fin llegó a la parada. A su alrededor todo era actividad: vendedores de películas piratas; vendedores de frituras para aplacar el hambre antes del viaje; el ruido ensordecedor de las buses que parten y de los que recién llegaban. Y los benditos dulces por todos lados.

Toda esa vorágine casi le hizo sentirse en casa.

Pero con varios movimientos horizontales de cabeza sacudió fuera de su cabeza dicho pensamiento y de nuevo fue feliz: estaba años luz de casa, y así quería que fuera.

CAPITULO 2


Finalmente el transporte que lo llevaría a “Los Uveros” llegó.

El calor era insoportable y la verdad era que por vez primera desde que había llegado a Penonomé empezó a sudar.

Sacó un pañuelo de su bolsillo, impecablemente doblado como siempre y secó su frente y la barbilla con él.

Aprovechó para comprar un vaso de agua de pipa para refrescarse.
El frío líquido obró milagros en su organismo ya que inmediatamente empezó a sentir que la temperatura descendía.

Sin embargo lo último que quería era perder el vehículo que lo llevaría a su cita con lo inevitable, por lo que apuró lo que quedaba de la bebida de un solo sorbo y procedió a botar el vaso en un basurero.

Apuro el paso y subió al transporte. Debido a su edad y ese aire de autoridad que le rodeaba siempre, no le costó trabajo conseguir asiento.

El bus demoró en salir hacia su destino unos cinco minutos más, por lo que nuevamente sintió que el calor lo envolvía como un torbellino.

Se estaba cocinando en vida en el caldo espeso del interior del bus.

“¡Maldito calor!”, alcanzó a decir antes de caer en un sopor que le permitió soportar la espera por la partida del armatoste, mientras se abanicaba con su propio sombrero.

Finalmente el motor del vehículo tosió y lentamente comenzó a tomar velocidad.

Bordeó el Parque hasta la esquina del cuartel de policía y de allí giró por la vía hacia “La Pintada”. Tenía por delante un recorrido de casi 3 kilómetros hasta llegar “Los Uveros”.

 El camino no era muy bueno, sin embargo tantas veces lo había recorrido durante sus 69 años de vida que en realidad le daba lo mismo. Sentía que estaba predestinado a realizar este viaje por lo que lo único que le interesaba era llegar.

Acudir a la cita.

Por lo corto del trayecto el viaje debería demorar máximo 15 minutos a “Los Uveros” y de allí seguiría a pie. El paisaje era árido y duro. El sol se mostraba inclemente y no había en el cielo ni una sola nube que amortiguara su fuerza.

A ambos lados del camino se veían las clásicas cercas hechas con ramas y troncos de árboles que servían para contener el ganado de los terratenientes del área y que dentro de tanta escasez eran los únicos que habían sabido lo que era la riqueza y las comodidades, ya que el grueso de la provincia seguía viviendo entre la estrechez y el hambre.

Árboles de cedro espino, algarrobo y corotú era lo que predominaba alrededor y a todo lo largo de esta región de la provincia.
Todo rezumaba calor y aridez.

Coclé siempre había sido una tierra dura pero pródiga, llena de belleza natural y de bellos paisajes.

Su destino era uno de esos parajes, en su opinión uno de los mejores: el cañón de “La Angostura”.

Por suerte dicho lugar permanecía relativamente desconocido para el grueso de la gente por lo que su salvajismo y belleza casi se mantenía intacto.

En realidad se trataba de un mini cañón por el cual serpentea el río Zaratí, cuyo nombre venía del que ostentó la hija del famoso cacique Nomé.

El río con el paso de los siglos ha abierto un camino entre las montañas, con una altura aproximada a ambos lados de unos 100 metros, en algunas partes.

Las piedras que constituían las paredes en algunas de sus secciones semejaban una construcción hecha por la mano del hombre y no por la naturaleza, ya que encajaban a la perfección.

Como si fuera poco había muchas cascadas y charcas. Todo invitaba a olvidar que se estaba solo a horas de la civilización.

En sus orillas se respiraba un ambiente de magia y misterio que había dado pie a muchas leyendas, todas ellas ciertas.

Un bache en el camino le devolvió a la realidad. Se sentía muy cansado y quizás todo se debía a que el destino muchas veces pesa toneladas y en estos momentos sentía que el suyo pesaba más que un mal matrimonio.

El bus ya se encontraba en los linderos de “Los Uveros” por lo que su viaje estaba pronto a terminar.

Cuando se detuvo se apeó con cuidado ya que lo que menos quería era trastabillar, caer,  y echarlo todo a perder.

Al poner el pie en tierra se sintió nuevamente en casa y lleno de energía, misma que necesitaría para que su cansado cuerpo llegara a “La Angostura” por un camino de tierra de 850 metros de largo, donde su única compañía serían la soledad,  árboles de marañón y muchos matorrales.

Emprendió el camino inmediatamente, ya que se acercaban las 2:00pm y el tiempo apremiaba.

Su interés era llegar antes del atardecer y aprovechar para disfrutar de la belleza del paisaje, mismo que esperaba se conservara igual.

Esa es una de las cosas que siempre le gustó de los sitios olvidados: nada cambiaba.
Como la mano inoportuna del hombre no intervenía, dichos lugares conservaban la magia de siglos de pinceladas dadas por la naturaleza.

Eso era lo que estaba buscando y hacia allí comenzó a caminar.

CAPITULO 3


El niño estaba a la mitad del camino y de espaldas al viejo. Estaba totalmente inmóvil, exceptuando su cabello el cual era agitado por las ráfagas de viento que dominaban esta parte del camino.

Su única vestimenta era algo parecido a un taparrabo, ya que por lo demás se encontraba totalmente despojado de vestimentas y calzado.

El viejo le vio al terminar de subir una pequeña colina en el camino y tuvo que aceptar que le sorprendió, ya que toda su presencia desentonaba con el entorno, como si se tratara de un rascacielos en medio de la nada. Apenas llevaba 20 minutos de camino.

Algo ominoso se sentía en el ambiente y más que todo eso fue lo que lo hizo detenerse abruptamente.

Por su contextura se podía calcular su edad entre  8 o 12 años. Su peinado era corto, lacio, y redondeado, como si le hubieran puesto una totuma en la cabeza y hubieran recortado el cabello sobrante.

Los brazos descansaban a ambos lados de su anatomía totalmente flácidos. Ni un solo músculo en su cuerpo se movía, todo en él era contención y quietud.

Súbitamente su caja toráxica empezó a agitarse, presa de una extraña conmoción. El niño comenzó a respirar agitadamente y sus puños se cerraron con tanta fuerza que los nudillos tomaron una tonalidad blanca.

Parecía que acababa de detectar la presencia del viejo, a pesar de estar de espaldas a él y ello le había alterado.

El viejo estuvo a punto de dar la vuelta y correr en sentido contrario. Por un momento pensó que lo haría.

Sin embargo recordó que tenía una cita ineludible y que aunque el mismo diablo estuviera en medio del camino él seguiría adelante.

A pesar de que apenas era media tarde, cuando el niño comenzó a girar en su sentido no pudo evitar estremecerse.

Lento como una serpiente el niño empezó a darse la vuelta. Lo hacía con tal parsimonia que ni siquiera agitó el polvo del camino. Todo era sol, silencio y viento.

Sus rasgos eran indescifrables. La tonalidad de su piel era blanca y ello, aunado a  su poca vestimenta, ayudaba a darle un aire extravagante.

Sus ojos eran negros, profundamente oscuros y estaban totalmente fijos en el viejo. Eran fríos y carentes de vida. Semejaban los ojos de un pescado.

La respiración del niño seguía agitada y casi se podía ver como el calor comenzaba a circular por su cuerpo. Parecía como si llevara siglos allí, en medio del camino, sin haber movido un solo músculo y que la sola presencia del viejo le había sacado de su anquilosamiento de décadas.

Ni siquiera intentó hablarle, ya que intuía que no iba a recibir respuesta. El niño estaba allí con un solo propósito y lentamente empezó a entrever cuál era.

A pesar de carecer de vida, sus ojos eran lo más expresivo de su talante, el cual seguía siendo inescrutable.

Súbitamente su  barbilla bajó y sus ojos adquirieron una aciaga determinación. Todo ello aunado a su agitada respiración hacía que su actitud fuera la de una fuerte fijación.

Como si eso fuera posible sus ojos se enfocaron más todavía en el viejo y casi se podría decir que llamas bailaban dentro de ellos.

A pesar de lo ominoso de la escena, el viejo no se encontraba totalmente asustado, ya que él sabía que conocía al niño y ello, a su manera, le servía de asidero con la cordura.

El brazo izquierdo del niño comenzó a levantarse con tal lentitud que resultaba agobiante para alguien tan ansioso como el viejo.

A  mitad de camino se detuvo y calmosamente el dedo índice empezó a  asomarse dentro de su puñito cerrado, con el claro objetivo de señalar al viejo.

Nunca había visto tanta determinación en toda su vida y sabía que fuera lo que fuera el niño iba hacer lo que tenía que hacer.

Sucedió a tal velocidad que cuando se dio cuenta la cara del niño estaba a centímetros de la suya. Nunca había visto a algo o alguien moverse con tal celeridad.

Tal fue la impresión que cayó sobre su trasero en medio de una nube de polvo.

La distancia que lo había separado del niño era de aproximadamente unos 6 metros, y aún así el niño la había recorrido en milésimas de segundo para luego detenerse con la misma agilidad.
Le miró con furia contenida y lentamente empezó a agacharse.

Inesperadamente el niño comenzó a arañar la cara del viejo liberando por fin toda la ira contenida, a la vez que gritaba y chillaba a todo pulmón, cual poseso.

Lo primero que hizo fue tomar las gafas de sol y arrojarlas lejos de sí. El viejo quedó tendido cuan largo era a la vez que alcanzó a proteger su cara como pudo, sintiendo como si diez gatos estuvieran sobre él arañándole a la vez. Lastimándole. Culpándole.

Aún así el viejo no produjo ningún sonido. Era como si bruscamente hubiera perdido el control de sus cuerdas vocales. Todo su cuerpo se llenó de frío y adrenalina, tanto así que sintió en su boca el sabor de la bilis y por un momento temió vomitar encima de su atacante.

Con la misma velocidad con que comenzó el ataque, así mismo terminó. El viejo tenía sus brazos doblados sobre su cara y los ojos los tenía cerrados, en instintivo gesto por proteger las partes más sensibles de su rostro, lugar donde se había concentrado el ataque del niño.

Lo primero que hizo fue abrir sus ojos lentamente, con el miedo de que lo primero que viera fueran esos ojos de pescado, fijos sobre los suyos.
Sin embargo con su cara ladeada todo lo que veía era la vera del camino.

Ni señal del niño.

Poco a poco giró su cabeza y con la misma flema apartó los brazos de su cara y miró. El chico no estaba.

Levantó su torso quedando entonces sentado en el suelo apoyándose con sus manos en tierra y miró a su alrededor. Estaba totalmente solo.
Recogió su sombrero del suelo y volvió a calárselo y terminó de levantarse.

Sacudió el polvo de sus manos sacudiéndolas para luego revisar su cara y evaluar los daños causados por los arañazos frenéticos del niño. Nada. No se sentía ninguna irregularidad.

Carecía de un espejo, pero no lo necesitaba para saber que su cara lo único que tenía de diferente era el polvo que la cubría producto de su caída en el suelo.

Le tomó cinco minutos asimilar lo ocurrido. Su respiración paso de jadeante a normal y ello le permitió recuperar la calma.

Avanzó unos pasos hacia la cuneta a su derecha y una vez allí recogió los lentes que el niño había arrojado en los inicios de su rabieta. Se los puso, no sin antes sacudirles el polvo.

El hecho de haber reconocido a su agresor lo afectó más que el ataque en sí.

Sentimientos que pensaba olvidados e idos salieron a la superficie y por segunda vez en el día al viejo se le escaparon un par de lágrimas.

Las mismas crearon surcos en el polvo de la cara y por un momento le dieron la apariencia de una estatua milenaria, sucia, vieja y olvidada; mojada por la lluvia después de mucho tiempo a la intemperie.

-    “Definitivamente que los viejos pecados tienen largas sombras…”, alcanzó a decir el viejo.

Meditando en ello enfiló nuevamente hacia su destino, pensando para sí que en lo que restaba de vida, que no era mucho,  nunca olvidaría esos ojos de pescado.

Mientras recuperaba el ritmo de su caminata se dio cuenta que durante 57 años así había sido.

CAPITULO 4


Lo primero que escuchó fue el rugir del río.

El viejo llevaba más de 45 minutos de caminata a partir del incidente del niño. Su única compañía durante ese tiempo fueron el calor; la brisa; y la certeza prístina que llegaría a tiempo a su cita con el destino.

En su mente veía el río Zaratí saltando remolonamente entre las rocas de “La Angostura”, haciendo las veces de culebra ancestral serpenteando entre las rocas El ambiente era fresco y húmedo.

En contraste con los diferentes tonos de chocolate que había visto en la vegetación del camino, aquí todo era verdor. Tenía que caminar todavía 100 metros para llegar al borde del cañón.

Rápidamente recorrió el trayecto, dejándose guiar por el instinto de recorridos pasados. Se acercó al borde del cañón.

La altura con respecto al nivel del río era como de 20 metros. Se asomó y miró hacia abajo.

Sintió en ese momento como si una voz en su cabeza comenzara con cadencia a murmurar toda clase de pensamientos perversos y a tentarle.

Súbitamente la voz cesó y pudo nuevamente recuperar la compostura perdida.

Ello le permitió volver a meditar en el largo camino recorrido, y no estaba pensando precisamente en la caminata.

Por fin se encontraba a tiempo en la cita que tanto había anhelado, motivo por el cual no perdería más tiempo.

Abrió la mochilita que llevaba hacia un costado y metió su mano para sacar algo de ella.

Entre esta acción y que sus sesos volaran por los aires no transcurrieron ni dos segundos.

La mano con la que empuñaba el revólver 38 m/m y con cañón de 4 pulgadas asimiló el efecto de retroceso del arma, pero José nunca se dio cuenta ya que para ese momento ya estaba conociendo a su Creador, por muy ateo que hubiese sido toda su vida.

Había introducido el cañón del arma en su boca al momento de apretar el gatillo.

Tal y como lo había planeado - al caer su cuerpo como un fardo y por encontrarse al borde del acantilado -, rodó hacia el abismo de forma muy poco elegante pero efectiva.

El ruido del despojo al caer en las aguas no opacó el eco del disparo del arma.

Por un momento pareció que la misma naturaleza detuviese su rutina diaria para contemplar espantada el horror de lo sucedido. El eco demoró varios minutos en extinguirse.

Cuando encontraran su cuerpo los periódicos tendrían mucho de qué hablar, ya que no se trataba de cualquier “capa perro”: el viejo era nada más y nada menos que José María Vila, el desahuciado escritor más laureado de Panamá en toda su historia.